Geoingeniería: peor el remedio que la enfermedad

*Silvia Ribeiro

Si los que promueven la geoingeniería –la manipulación intencional del clima planetario–, realizaran sus proyectos de crear nubes volcánicas artificiales sobre el Ártico, desequilibrarían gravemente el ciclo hidrológico en los trópicos y subtrópicos, con importante disminución de lluvias. Tendría efectos catastróficos en los bosques tropicales, principalmente en Asia y Amazonía, con incremento de sequías en África.

Esto es parte de las conclusiones de un nuevo estudio científico (A. Ferraro et al, Environmental Research Letters, 2014) sobre los efectos que tendría inyectar aerosoles azufrados en la estratosfera, para crear una gigantesca nube volcánica que tapara los rayos del sol sobre el Ártico, lo que según los geoingenieros podría bajar la temperatura.

Varios otros estudios científicos publicados en 2013 (por ejemplo los del proyecto de colaboración GeoMIP, con decenas de científicos y países participantes), basados en investigación con modelos matemáticos, señalan impactos graves de diferentes propuestas de geoingeniería. Desde 2008, el reconocido meteorólogo Alan Robock indicó que la propuesta de construcción de nubes volcánicas artificiales (ahora rebautizada por los geoingenieros “Manejo de la Radiación Solar”), tendría efectos colaterales graves sobre los regímenes de precipitación, colocando en riesgo las fuentes de agua y alimentación de 2 mil millones de personas en Asia y África. En julio 2013, estudios del proyecto GeoMIP señalaron que el desequilibrio tendría impactos globales, también en el hemisferio Norte. Ahora se suman las evidencias sobre la Amazonía.

Otro estudio reciente (Jones et al, Journal of Geophysical Research, 2013) agrega que la terminación de este tipo de proyecto de geoingeniería llevaría a un aumento abrupto de la temperatura, acompañado del aumento del promedio de precipitación y mayor derretimiento del hielo polar. Lo cual significa que si se instalaran esas nubes volcánicas, la terminación significaría colocarnos en una situación peor a la anterior.

La geoingeniería marina comercial, cuya propuesta más conocida es la fertilización oceánica (alterar la química marina para absorber carbono atmosférico), fue prohibida en octubre de 2013 en la trigesimaquinta Sesión del Protocolo de Londres de Naciones Unidas, que previene los vertidos en el océano. No es algo definitivo, porque los geoingenieros, representados en el discurso de algunos delegados gubernamentales, lograron una ventana para “experimentos”, aunque éstos sólo pueden ser para investigación y cumplir una lista de requisitos previos, por sus impactos ambientales y sobre las cadenas tróficas marinas.

Pese a estos nuevos estudios, a que desde 2010 existe en Naciones Unidas una moratoria contra la geoingeniería y a que la vasta mayoría de la gente piensa que manipular el clima es una idea absurda y peligrosa, hay un pequeño, pero influyente grupo de científicos que insiste en ello, como David Keith, de la Universidad de Harvard, o Ken Caldeira, de la Universidad de Stanford, entre otros. Este grupúsculo o “geo-clique”, como lo llama el investigador australiano Clive Hamilton, pese a lo insano de sus propuestas, está ganando lugar en espacios que son referencia global en cambio climático, como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés). Este organismo, en su nuevo informe global sobre el estado del cambio climático, incluye de forma sorprendente, la mención a estas propuestas como algo a considerar. Aclaremos que el IPCC no las apoya y expresa que tienen altos riesgos e impactos globales negativos de largo plazo, pero de todas maneras las nombra como punto en discusión, justamente debido al pesado cabildeo de los que la promueven.

Hay una confluencia de intereses económicos, geopolíticos y militares que impulsan la geoingeniería. Para los países con alto grado de emisiones de carbono y sus transnacionales contaminantes, la geoingeniería aparece como una “solución tecnológica” que les permitiría seguir emitiendo gases de efecto invernadero y encima hacer nuevos negocios, vendiendo tecnología para bajar la temperatura.

Para los intereses militares, la manipulación climática ha estado en su agenda desde hace décadas, se conoce que fue aplicada por Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Si las mismas tecnologías se pueden “legitimar” ahora como “combate al cambio climático”, pueden seguir desarrollándolas sin aparecer como estrategia bélica. De cualquier modo, se podrían usar contra países que no sabrán que les sucedió, porque parecerá un “desastre natural” o parte del caos climático. Que este tipo de propuestas y tecnologías se desarrollen con un nombre u otro (para cambio climático o como arma de guerra), no cambia el hecho de que son las mismas y que los países que las detenten tendrán control sobre el termostato global.

Por ello, el discurso de los científicos que piden y justifican la geoingeniería es como mínimo irresponsable, si no directamente parte del mismo juego geopolítico y militar. Claro que su argumento es otro: dicen que como los políticos no se pondrán de acuerdo, ellos deben salvar el planeta, cueste lo que cueste. Así construyen también la imagen de que no se puede hacer nada y que es inútil cuestionar las causas profundas del caos climático –el modelo industrial de producción y consumo dominante.

Pero eso es justamente lo que hace falta para enfrentar realmente la crisis climática, además de favorecer las verdaderas soluciones que se tejen desde abajo y no generan nuevas dependencias. Además, por las graves amenazas al ambiente, el sustento y la soberanía que representa, urge prohibir la geoingeniería.

*Investigadora del Grupo ETC

Publicado en La Jornada, México, 8 de febrero de 2014

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