Injusticias climáticas

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Silvia Ribeiro*

El nuevo informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), titulado “Cambio climático 2014. Impacto, adaptación y vulnerabilidad” confirma que el cambio climático es “grave y generalizado”,  pero sobre todo, muestra que los impactos son desiguales, así como las posibilidades de “adaptarse” de los que están más expuestos.  Se evidencia que mientras que el cambio climático lo producen los más ricos y poderosos, los riesgos y consecuencias más serias los sufren los más pobres y vulnerables.

La diferencia de este informe con anteriores, es que se miden impactos ya ocurridos debido al caos climático, no sólo tendencias y probabilidades.  El reporte muestra efectos preocupantes en sectores críticos, como en agricultura y alimentación, por afectación de cosechas de maíz, trigo, arroz y abastecimiento de agua potable, así como erosión de recursos pesqueros y marinos, impactos en poblaciones marginadas y empobrecidas, urbanas y rurales por inundaciones, sequías, huracanes, así como la existencia de miles de desplazados y migrantes climáticos. Agrega efectos negativos en salud humana, debido a la creación y propagación de enfermedades, aumento de la violencia por situaciones provocadas por cambio climático e incluso, nuevas formas de violación de derechos laborales y explotación de trabajadores obligados a laborar en temperaturas extremas.

Todo interrelacionado con los impactos comprobados en ecosistemas marinos y terrestres, entre los que destaca la acidificación de los oceános que afecta toda la cadena alimentaria marina, el derretimiento de glaciares –que son fuente de agua potable y abastecimiento de sistemas agrícolas campesinos, entre otros; y la erosión de ecosistemas equilibradores como la Amazonía, por aumento de sequías y talas, ambas exacerbadas por expansión de monocultivos industriales en las sabanas que los rodean.

El informe afirma que “la naturaleza de los riesgos del cambio climático está cada vez más clara”, lo que se suma a la certeza sobre sus causas, cuyos factores principales según el IPCC son el uso de combustibles fósiles, la gricultura industrial y el cambio de uso de suelos. Este último debido principalmente a la deforestación, avance de la frontera agrícola y erosión debida a megaproyectos extractivos y carreteros.

Si se aplican los porcentajes de usos de combustibles fósiles y cambio de uso de suelo a cada sector industrial, el sistema alimentario agroindustrial, dominado por unas decenas de transnacionales, es con mucho el mayor causante del cambio climático, incluyendo la cría industrial de animales, semillas transgénicas, fertilizantes sintéticos, agrotóxicos, maquinaria, transportes, procesamiento, refrigeración, empaques, desperdicios, basura y venta en supermercados.  Eso además de la injusticia de acceso a tierra y alimentos que conlleva este sistema y sus enormes impactos en salud.

Los datos del IPCC vuelven a mostrar que es necesario defender y fortalecer los sistemas alimentarios campesinos y locales, que son los que han creado la diversidad de semillas necesaria para enfrentar el cambio climático y los que pueden protegernos de la especulación de precios provocadas por acaparadores y por el comercio internacional. Pero también muestran que esos sistemas locales son los que reciben los peores impactos del caos climático, que se suman a las amenazas por avance del agronegocio, uniformización de semillas, contaminación transgénica, pérdida de territorios e imposición de leyes para privatizar las semillas.

El IPCC tiene una tarea difícil por la complejidad del tema, pero mucho más por la gravedad de la información que pone sobre la mesa, que debería llevar a cambios radicales en los modelos de producción y consumo industriales. Por ello es objeto de fuertes cabildeos y presiones. Proliferan desde empresas, gobiernos y hasta conservacionistas transnacionales, las propuestas de falsas “soluciones”, como mercados de carbono, mercantilización de las funciones de los ecosistemas como REDD y otros programas; y paradójicamente, más agricultura industrial, con semillas transgénicas y “resistentes al clima”.

Otra falsa “solución” promovida por los grandes emisores de gases y científicos financiados por ellos, es la manipulación climática o geoingeniería, que incluye creación de nubes volcánicas artificiales, fertilización oceánica, almacenamiento y captura de carbono a grandes profundidades, todas propuestas con altos impactos ambientales, económicos y sociales, nuevamente, desiguales y afectando peor a los más pobres. Los promotores de la geoingeniería se filtraron también en el IPCC, que en su primer informe en septiembre 2013, incluyó que pese a altos riesgos, la geoingeniería podría quizá bajar la temperatura, lo que motivó fuertes críticas.  Este segundo informe, por el contrario, menciona los impactos que tendría la geoingeniería, como desequilibrar de los regímenes de lluvia, aumentar sequías, empeorar la acidificación de los océanos, además de riesgo de usos bélicos y de ser una “amenaza moral”, porque los países de altas emisiones la pueden usar como excusa para no hacer reducciones.  (http://www.etcgroup.org/es/content/un-delegates-dodge-geoengineering-bul...).

La situación climática es grave e injusta y todas las propuestas de falsas soluciones empeoran ambas condiciones. Urge ir al cambio radical de sus causas, en lugar de aumentarlas, como sucede al promover más explotación de petróleo o la brutalidad devastadora del gas de lutita y fracking, o agricultura que produce más cambio climático, como los transgénicos.

*investigadora del Grupo ETC

Publicado en La Jornada, México, 5 de abril de 2014

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